Gran Sabana no postal

Mi madre siempre dice que vivo "en el fin del mundo". Yo vivo en la Gran Sabana, en el sureste extremo de Venezuela, en un sitio tan distante
y tan distinto que hasta se me ocurrió quedarme a vivir. Los invito a conocer esa Sabana que experimento en mi cotianidad: la Gran Sabana no postal.

viernes, 28 de octubre de 2016

El martes pasado llovieron piedras

"Las invasiones siempre se han manejado antes de las elecciones y, como indígenas, no vamos a permitir más eso porque han traído asesinos, delincuentes y la seguridad del municipio Gran Sabana se ha ido colapsando" dijo Dñonald Martínez, líder pemon. Fotografía; Morelia Morillo.

En el acceso a Lomas de Piedra Canaima, a la altura del sector Simón Bolívar, reposan vestigios de una barricada: listones, peñascos. Son restos de la batalla del martes.
Lomas de Piedra Canaima es la urbanización de hospedaje turístico más antigua de Santa Elena de Uairén, la capital del municipio Gran Sabana, el territorio ancestral del pueblo indígena pemón, en el sur remoto de Venezuela.  
Dos de los habitantes más antiguos de la zona fundaron el asentamiento y poco después, hace 30 años, llegaron Manfred y Xiomara y comenzaron a construir Yakoo, el campamento más conocido de la Gran Sabana. Por eso, al sector se le conoce como Yakoo. El mismo que luego fue bautizado como Lomas de Piedra Canaima.
Le siguieron Ruta Salvaje, Petoi, Wakupata.  Son posadas y hoteles bonitos, cómodos, sencillos, de diseños inspirados en el ambiente que les rodea: una montaña en donde se alternan las nacientes de río, los chaparrales y el bosque tupido.  
Entre los dos sectores, viven 80 familias, según los registros del Consejo Comunal. Seis de ellos son extranjeros que vinieron a Venezuela hace 40, 30, 20, 15, 10 años. Los demás son venezolanos. Todos comparten un sueño: vivir en paz y rodeados de naturaleza.
Simón Bolívar es una barriada que se consolidó hace siete años, tras la ocupación, desalojo y ocupación definitiva de un pliegue en la falda de la montaña, dentro de la jurisdicción del Consejo Comunal Lomas de Piedra Canaima.
En aquella ocasión, tras la toma del sitio, los de Lomas acudieron ante la Guardia Nacional y, como no recibieron apoyo, apelaron a las autoridades indígenas. Ellos actuaron según sus usos. "Cuando comenzó el desalojo, los guardias defendieron a los invasores. Una mujer hasta le quitó el casco a uno de los guardias para golpear en la cabeza a un indígena", recuerda un vecino amparado en la confidencialidad. "Algunos de los indígenas que están aquí participaron en el desalojo de Simón Bolívar y tienen heridas de guerra".
Quienes defendían el lote lograron echar a quienes pretendían habitarlo, pero en un pestañeo los invasores se reinstalaron y levantaron de nuevo sus barracas. Después, la Alcaldía los guió en la gestión de Misión Vivienda. Mientras que las máquinas de la Alcaldía conformaban el terreno, las 30 familias desarmaron sus ranchos y se arrimaron al drenaje natural del cerro. Luego, los rearmaron dejando el espacio para las viviendas prometidas. Algunos ya tienen sus estructuras metálicas. Todos esperan por materiales.
Ahora, corre 2016. Maite Ayala, habitante de Lomas de Piedra Canaima, sabe que recibió la noticia de la nueva invasión desde los linderos de Simón Bolívar a las 5:37 del domingo 23 de octubre porque así se lo recuerda el mensaje que le llegó a través del grupo de whatsApp de la comunidad y porque una contingencia así no se olvida fácil.
De inmediato, tres vecinos se movilizaron hasta el Destacamento de Fronteras 623 de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB). "Nos dijeron, no podemos hacer nada sin una orden de Fiscalía Ambiental", recuerda Rafael Escalante. "Entonces, fuimos a la comisión de seguridad indígena que está en el Comando de la Policía".
Durante el encuentro inicial entre los vecinos de Lomas de Piedra Canaima y sus vecinos de Simón Bolívar, Katherin Pacheco recibió un martillazo en la cabeza y ella, quien según sus adversarios es karateca, se defendió con una patada y un movimiento de manos que dejaron a su contendora sin aire. Katherin Pacheco, por su parte, fue a parar al Hospital "Rosario vera Zurita" en donde recibió cinco puntos de sutura. Uno de los hombres que entró desde Simón Bolívar paró tras las rejas por estar solicitado. No se sabe por qué.
Dónald Martínez, uno los líderes más importantes del pueblo pemón, inició las conversaciones; le siguieron, Manuel De Jesús Vallés, alcalde desde hace al menos 12 años y la Fiscalía Ambiental. Al caer la noche del lunes, los invasores se comprometieron a salir antes de las 10:00 de la mañana del martes y a presentarse en la sede de Desarrollo Social de Gran Sabana para iniciar un estudio socioeconómico con miras a una solución. 
Pero en cambio, la parcela de Oneida Brown, de poco más de una hectárea, amaneció ocupada hasta sus límites y fraccionada en 50 pedazos.
Como la GNB no se presentó, sobre las 11:00, un grupo de apoyo de la seguridad indígena y del Consejo Comunal de Lomas de Piedra Canaima decidió sembrar los postes y marcar el lindero al tiempo que las mujeres desde Simón Bolívar subían sobre el alambre.
Al defender su territorio, de ocupaciones inconsultas, los pemón de hoy recurren a los métodos de siempre: al ají, el korokopay rezado con maldad, a los palos y a las flechas; decoran sus rostros con pintas de guerra, se acorazan de valor y avanzan sobre una tierra pedregosa que conocen como las callosidades de sus manos.
"Lo que siguió fue una batalla de piedras que se prolongó durante una hora", me comentó uno de los que se limitó a observar.  "Desde allá lanzaron como 10 bombas molotov, pero sólo estallaron como tres o cuatro", dijo uno de los de Lomas.
Mientras tanto, a través de las redes sociales, los vecinos de Piedra Canaima alertaban acerca de las amenazas, del fuego, del humo, de la barricada que les impidió, a quienes regresaban para el almuerzo con los hijos después de la escuela, sentarse a la mesa y comer; imploraban la intervención de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).
Finalmente, cerca de la 1:00, llegaron los uniformados y la batalla cesó. Los efectivos detuvieron, a la altura de la barricada, a un hombre que portaba un arma y ya sobre el terreno obligaron a los que entraron por Simón Bolívar y a los de Lomas de Piedra Canaima a salir del terreno de Oneida Brown. 
Quioli Ruiz, la habitante de la primera de las casas de Simón Bolívar, argumenta que necesita de un terreno para su hija y lo propio expresan las cabezas (voces) de las otras 49 familias desesperadas por ocupar la hectárea de la Brown. 
Quioli se siente agredida por "los indios que salieron a defender los gringos" y dice que ese rasguño que lleva una de las suyas sobre la mejilla es la marca de una flecha rasante. Cuenta que a una mujer se le adelantó el parto ante la hostilidad.
Morelba Tovar dijo que está cansada de esperar por una respuesta de la Alcaldía y que necesita una parcela; otra de las mujeres expresó que quiere dejar de pagar alquiler; la otra anhela salir de la casa de un familiar en donde está arrimada desde hace años; la anciana de ojos claros quiere tener una casita, un huerto y gallinas.
Los 50 dicen que llevan tiempo en la Sabana, pero incluso entre los habitantes de Simón Bolívar hay quienes dan fe de que en ese grupo hay de todo: hay quienes invadieron hace siete años y después vendieron sus casas; muchachos y muchachas que recién formaron familia y que necesitan de un sitio y gente mala, del 88, de Las Claritas, de San Félix, poblaciones ubicadas a 300 y 800 kilómetros en donde mandan los sindicatos, los grupos armados que imponen su ley en las minas del sur venezolano.
Una de las lideresas del comité de seguridad indígena, lleva como marca de guerra un hematoma multicolor en su hombro derecho. Fue alcanzada por una piedra.  Sobre el campo de batalla reposan las molotov perdidas, un reguero de piedras y palos quemados.
La seguridad indígena está determinada a no permitir ni una invasión más.
Se conformaron como comisión con el propósito de acompañar a los cuerpos de seguridad y orden público a raíz del incremento acelerado de la inseguridad en Gran Sabana, una región en donde a pesar de la delincuencia desatada en el resto del país se podía dormir sin puertas ni ventanas hasta hace tres o cinco años.
A comienzos de septiembre pasado, la comunidad de Santa Elena de Uairén se conmocionó ante la muerte de tres de los cuatros miembros de una familia siria que llevaba años en el municipio y el dolor fue tanto que condujo a la intervención de la Policía del Estado Bolívar (PEB) por la vinculación de dos de sus agentes con el suceso.
De ese acompañamiento, dice Donald Martínez, uno de los tres voceros del ese grupo de trabajo, surgieron alrededor de 25 observaciones con respecto al incremento de la inseguridad en Santa Elena y en las comunidades indígenas pemón que rodean al pueblo mestizo. Una de esas observaciones fue la proliferación de las invasiones.
En los últimos 18 años, en Santa Elena de han consolidado 17 ocupaciones ilegales de tierras; ilegales porque las leyes venezolanas las prohíben y porque la mayoría de estas ocupaciones han avanzado sobre los límites del área urbana hacia las tierras indígenas devorando morichales, bosques y sabanas.  En algunas, los ranchos han dado paso a casas modestas, en otras a viviendas de interés social, en otras los ranchos aún siguen; muchas cuentan con servicio de electricidad, pero todas, sin distinción, padecen por falta de aguas blancas y excesos de aguas negras y cada vez más por la inseguridad.
"Ellos también son venezolanos, pero con intereses, la mismas caras, la misma gente, venden los terrenos. El propio alcalde reconoció a personas que ya han recibido casas. Una señora le dijo que la había vendido porque se enfermó".
"Las invasiones siempre se han manejado antes de las elecciones y, como indígenas, no vamos a permitir más eso porque han traído asesinos, delincuentes y la seguridad del municipio Gran Sabana se ha ido colapsando".
"Si por negligencia, las mismas instituciones no cumplen su función, nosotros si vamos a cumplir", dijo Dónald Martínez.
Al lado del lindero se mantienen seis efectivos de la GNB y 12 del Ejército. A las cuatro de la mañana del viernes, mientras los que estaban de guardia tomaban café, los forasteros saltaron sobre la alambrada. Aunque no se resignan, fueron avistados de inmediato y devueltos a los terrenos de Simón Bolívar. "Lo que yo digo, comentó una vecina de Lomas que nos pidió no publicar su nombre, es que no podemos vivir así, en esa zozobra ¿Qué está esperando la Guardia para llevarse a esa gente?"




martes, 4 de octubre de 2016

Por comida y trabajo, 21 venezolanos sobreviven en una calle brasilera



"Aquí cada quien tiene su historia", advierte Simón. Uno o varios son de Maracaibo, de Barquisimeto, de Maracay, de Caracas, de Guarenas, de Sucre, de Maturín, de Ciudad Bolívar, de San Félix. Pero todos llegaron "pateando la latica", sin dinero, con hambre y sin chance para alquilar. Fotografías: Morelia Morillo

 Esta crónica se publicó inicialmente el domingo dos de octubre de 2016 en elpitazo.com

Simón, en realidad su nombre es otro, pero él aceptó conversar siempre y cuando se preservara su identidad y se excluyeran a las personas de las fotografías -"Es que mi mamá piensa que yo estoy residenciado y que estoy muy bien", argumentó- cruzó la frontera venezolana hacia el Brasil con un morral en el que llevaba algo de ropa y 48 kilos de peso sobre al menos 1, 70 centímetros de estatura.

Muestra una fotocopia plastificada de la cédula de identidad que sacó justo antes de salir de su pueblo en el estado Yaracuy, en el centro occidente de Venezuela: mejillas hundidas; frente, pómulos y barbilla salientes; un rostro moreno fino pegado a los huesos.

"Si en Venezuela hubiera trabajo y comida, ninguno de nosotros estuviera aquí. Todos queremos lo mismo: que Venezuela mejore para devolvernos a nuestras casas", dice Simón.

Él es uno de los 21 hombres venezolanos que desde hace tres meses viven bajo el alero lateral del galpón en donde antes se vendía artesanía, suvenires, hamacas, jarrones, alfombras y en donde ahora se venden al mayor arroz, azúcar, aceite, harina de trigo, pasta, justo en el cruce de la Calle Parima hacia la Br 174 en Villa Pacaraima Brasil. Aquel cuya fachada, con las banderas de Venezuela y Brasil, sirvió de escenario a miles de turistas.

Pacaraima es la primera localidad brasilera de cara a Venezuela. Santa Elena, la última ciudad venezolana en esta frontera, se encuentra 15 kilómetros. Entre Santa Elena y el pueblo de Yaracuy desde donde partió Simón hay 1600 kms de distancia.

"Aquí cada quien tiene su historia", advierte. Uno o varios son de Maracaibo, de Barquisimeto, de Maracay, de Caracas, de Guarenas, de Sucre, de Maturín, de Ciudad Bolívar, de San Félix. Pero todos llegaron "pateando la latica", sin dinero, con hambre y sin chance para alquilar. "Hay personas con mejor situación que pueden pagar varios meses por adelantado".  Al mes, una habitación puede costar 250 reales,  87.500 bolívares.
"Llegó uno primero, uno fue trayendo al hermano, después la familia. Agora moram como duas familias", comenta Irón Martines, uno de los socios del comercial.

Hace tres meses, cuando comenzó el campamento improvisado en la esquina del MeuGaroto.com, su presencia descamisada y sudorosa, el fogón al aire libre, las hamacas colgando de la reja del local, los cartones y colchones en el piso, los morrales y bolsas de equipaje y el ropero lavado expuesto al aire y al sol causaban asombro e incluso repugnancia; ahora, sólo los foráneos se sorprenden mientras los 21 apenas despegan sus mirada de sus quehaceres diarios, de la cocina, de la ponchera que sirve de lavandero, del tendedero, de las pacas que bajan de un camión brasilero o suben a otro venezolano. Quien hace poco hace al menos Bs. 7 mil al día, los más activos llegan a Bs. 20 mil diariamente.

Se bañan, lavan y hacen sus necesidades en el Terminal de Pasajeros, a una cuadra de distancia, en el bosque o en algunos de los riachuelos cercanos. Pero de la estación de autobuses y carros por puesto ya sacaron a otro grupo de venezolanos, la mayoría de ellos indígenas warao. Al menos 100 fueron devueltos a Venezuela en agosto pasado.

"Todo el tiempo meten miedo, que nos van a sacar", dice Simón. Al frente está la estación de la Policía Civil y a menos de una cuadra la sede fronteriza del Ejército Brasilero. A 50 metros, está además el templo de la Asamblea de Dios. Al menos en este extremo, los brasileros son profundamente religiosos. "Aquí todos creen en Dios, será por eso que son tan bendecidos", reflexiona Simón.

Irón admite que algunos de los cientos de venezolanos que ahora viven o deambulan por Pacaraima han incurrido en robos. Simón calcula que en la Rua Suapí, la calle comercial, duermen al menos 500 venezolanos en los bancos, en las aceras, en los portones de los negocios. Luego, Irón asegura que estos (los 21) son "gente boa", buenas personas, que no beben alcohol y sólo fuman cigarrillos. Por si se exceden, en el muro del depósito hay dos hojas de papel bond con los mensajes "Prohibido fumar cigarro", "Espacio libre de humo".

"Eu paso o dia todo brigando com eles como um padre fala com seus filhos", conversa con ellos durante todo el día como un padre lo hace con sus hijos, pero además los ayuda con la comida y con algo de combustible para encender el fogón o la cocina.

Él comprende, se compadece, considera que el gobierno venezolano "los abandonó" y relató que la senadora por Roraima, Ángela Portela visitó el lugar y se comprometió a elaborar un documento reflejando la situación de los migrantes venezolanos en la frontera brasilera con la finalidad de enviárselo al presidente Nicolás Maduro.

Pero no todos los pacaraimenses son tan comprensivos. Otros se sienten invadidos, vulnerados, reclaman por su seguridad, por las condiciones de higiene en que se encuentran los espacios públicos. A mediados de septiembre el diario Folha de Boa Vista reseño la situación. En la nota, la Prefectura de Pacaraima manifestaba que no dispone de presupuesto para atender la situación que podría declarar de emergencia. A propósito, una comisión del Sistema Único de Salud (SIS) visitó  la frontera la semana pasada con la finalidad de evaluar el panorama y exigir la intervención del Gobierno Federal.

"A mí no me gusta hablar mal de Venezuela, lo que es malo allá, allá se queda", expresa Simón y calla durante un rato. "Lo malo de Venezuela son esos políticos de parte y parte y los bachaqueros", expresa y pasa a otro tema.

"Aquí vivimos todos como una familia, el japai (una expresión coloquial que se traduce como amigo) de aquí nos ha tendido la mano (…) Y al que roba le va mal", dice Simón.

Como una familia pobre, hacen "una vaca", juntan dinero para comprar la comida, casi siempre en la venta al detal de la esquina siguiente o compran por separado; conviven en paz y tratan saltar sobre sus diferencias; cuando uno sale, los que quedan en el lugar cuidan sus pertenencias, "lo malo, lo malo es la situación que estamos viviendo, en la calle".

A pesar de eso, Carlos, el de Guarenas, estado Miranda, se trajo a su esposa e hijo. "Porque yo me ponía pensar, yo aquí comiendo bien y ellos allá sin comer". Es uno de los dos hombres que ya se trajo mujer y descendencia desde su sitio de origen.

Bobby, llamado así por su cabellera afro, por Bob Marley (los brasileros le dicen Bobby al rey del reggae) llegó desde Maturín por la misma razón, porque allá no hay nada, "pero ahora los chinos están comenzando a meter gandolas hasta allá"

A Simón, quien en Yaracuy trabajaba como colector en "una ruta", que es la expresión empleada en el centro occidente venezolano para llamar a los autobuses de transporte urbano e inter urbano, le falta un semestre y la pasantía para licenciarse como administrador, pero abandonó su pueblo empujado por la necesidad de su mamá, de sus hermanos, de sus sobrinos. Ahora, les deposita semana a semana en alguna de las agencias de Santa Elena. Mientras que los de San Félix y Ciudad Bolívar, ciudades del venezolano estado Bolívar, fronterizo con Brasil, envían comida. Entre Pacaraima y San Félix hay cerca de 800 kilómetros.

En tres meses, comiendo arroz, pasta, carne, granos, pollo Simón llegó a 62 kilos de pura fibra fabricada a punta comer y levantar y mover sacos de 10, de 20, de 30 kilogramos.

El jueves, el penúltimo del mes de septiembre, se levantó temprano, recogió lo suyo, se vistió de limpio y se formó en la fila de venezolanos que a diario llegan a las dependencias de atención al extranjero de la Policía Federal Brasilera para sellar su ingreso. Otorgan 400 números diariamente.

Su propósito es llegar a Chile, "por el idioma y porque me han dicho que allá la educación es buena. Yo quiero seguir estudiando. Me hubiera gustado ser Presidente. Venezuela necesita de jóvenes con liderazgo, emprendedores, que tengan una buena visión porque, si te pones a ver, los dos sistemas son buenos (capitalismo y socialismo) y pueden convivir. El capitalismo en lo económico y el socialismo en lo social".  








jueves, 15 de septiembre de 2016

Sombras sobre Cielo Azul

Mientras los Shamsaldeen batallan entre la vida y la muerte,  cientos de habitantes de Santa Elena salen a las calles para protestar contra la Policía del Estado Bolívar (PEB). Fotografías: Morelia Morillo,

En menos de una semana, el esposo (papá) de la familia Shamsaldeen dejó de tener mujer e hijos y su dolor es tanto que trascendió los muros y rejas de su casa y arrastró consigo a un pueblo. Santa Elena de Uairén está de luto.

Ese día, cinco de septiembre, los Shamsaldeen debieron amanecer como de costumbre, en la rutina diaria de una familia de origen sirio que se hizo al sureste profundo de Venezuela.

Y de pronto, al menos cuatro hombres armados (hay quienes dicen que eran cinco o seis) violentaron aquella casa clara, limpia, bonita, recién remodelada y asegurada con rejas y cámaras y trastocaron todo a punta de exigencias, amenazas y balazos.

El hogar de los Shamsaldeen se encuentra en la vía principal de Cielo Azul, la primera urbanización de Santa Elena de Uairén, a no más de 50 metros de un punto de control fijo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y casi al frente de aquel lugar en donde Tras el balazo, vino la espera en abril pasado.

Odai, el mayor de los hijos, falleció en el Hospital Rosario Vera Zurita de Santa Elena, siete días antes de cumplir sus 19; Taemor, de 16, en el Hospital General de Roraima (HGR), en Boa Vista, en la madrugada del domingo siguiente; la mamá de ambos también murió en el HGR antes del lunes 12. Un disparo devastó su cerebro.

En esta frontera, es común que las ambulancias crucen al lado brasilero con sus pacientes porque en el Rosario Vera Zurita no hay medicinas, ni médicos especialistas y los quirófanos llevan meses sin aire acondicionado. Varias veces al día, encienden sus sirenas y viajan a Boa Vista, la capital del estado de Roraima, a 220 kilómetros de distancia, con parturientas primerizas, infartados, mineros palúdicos, accidentados, heridos de bala.

Mientras los Shamsaldeen batallan entre la vida y la muerte,  cientos de habitantes de Santa Elena salen a las calles para protestar contra la Policía del Estado Bolívar (PEB). Gritan que eran (¿O son?) agentes los responsables. Francisco Rangel, gobernador de Bolívar, lo desmiente. La PEB también. El comisario Ángel Castillo, designado para atender la crisis en Gran Sabana, dice que los muertos hacían parte de la banda del Pata e´ Loro. Pero Pata e´ Loro también está muerto desde hace meses. En donde los Shamsaldeen murieron uno (¿Dos?) de los delincuentes, Mientras que dos (¿Tres, cuatro?) están detenidos. Castillo además explica que "factores políticos tienen sus manos metidas aquí tratando de crear el caos", si bien lamenta lo sucedido y exige "todo el peso de la ley, caiga quien caiga".

Muere Odai y los comerciantes cierran sus locales. Cientos salen a las calles. Rayan paredes, parabrisas, franelas, hojas de papel bond, cartulinas:"Polichoros"; "Polimalandros"; "Asesinos de familia". Queman cauchos frente a la sede la PEB y al anochecer cierran el paso sobre la Troncal 10, a la altura del puente Wará, la única vía que conecta  a Santa Elena con el resto del país y con la frontera.

A media noche del lunes, el ministro del Poder Popular para las Relaciones Interiores y Justicia, Néstor Reverol Torres, ordena al comandante del Destacamento de Fronteras 623 de la GNB, Carlos Chirinos, tomar el  control del Centro de Coordinación Policial.

Entonces, al cierre del Cabildo Abierto, el martes siguiente, indígenas y no indígenas -la Gran Sabana es la tierra del pueblo indígena pemón- coinciden en una exigencia "que no se politice lo sucedido" y deciden acompañar  a los guardias y a los capitanes indígenas hasta echar de una vez por todas a los policías del municipio.

Santa Elena es la última ciudad  venezolana hacia el sureste. Una población distante, se encuentra a 1350 kilómetros de Caracas; aislada, de los 36.000 kms² del municipio Gran Sabana, 30.000 kms² conforman el Parque Nacional Canaima; tradicionalmente tranquila, en donde hasta hace cinco o seis años se podía vivir sin cercos eléctricos, sin cámaras, sin rejas en puertas y ventanas, sin alarmas. En donde aún se muere de forma natural e impacta de la violencia.  En 2011, sus pobladores expulsaron a los efectivos del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (Cicpc), acusados de extorsión.

Es viernes y el pueblo, de no más de 25 mil personas, se paraliza por completo ante la llegada del cuerpo de Odai. Por Facebook un amigo de la familia comunica que no acostumbran velar a sus muertos, pero que harán un alto entre la autopsia y el cementerio para compartir con los amigos. En el hogar violentado, docenas de hombres, paisanos de los Shamsaldeen comparten su dolor con docenas de adolescentes, brasileros y venezolanos, llorosos. El dolor no conoce de idiomas ni edades.


La Principal de Cielo Azul está intransitable. Sólo el carruaje fúnebre, de placas brasileras, consigue penetrar el tráfico y llevarse el cuerpo hasta Boa Vista en donde será sepultado.


 La Escuela "Cícero Vieira Neto" de Villa Pacarima, la localidad brasilera en la frontera con Venezuela, suspendió sus actividades durante semana y media. Cada vez más familias residentes del lado venezolano procuran un cupo en las escuelas del lado brasilero.

La Principal de Cielo Azul está intransitable. Sólo el carruaje fúnebre, de placas brasileras, consigue penetrar el tráfico y llevarse el cuerpo hasta Boa Vista en donde será sepultado. Cuando el coche parte, el padre (esposo) de la familia Shamsaldeen apenas puede mantenerse en pie. Se aguanta contra la vivienda rural más cercana y enciende un cigarrillo. Pocas horas después, murieron su mujer y su hijo menor.  


viernes, 12 de agosto de 2016

Venezolanos madrugan para tramitar ingreso a Brasil

Este trabajo se publicó inicialmente en el sitio web ElEstimulo.com. Fotografía de Morelia Morillo 


Desde horas de la madrugada, comienzan a alistarse los venezolanos que desean ingresar al Brasil para ir más allá de la zona fronteriza, por lo general hacia Boa Vista (BV), principal ciudad del estado de Roraima, a 220 km de Venezuela.

Las filas comenzaron a acrecentarse a finales de junio, de forma que un trámite de migración, que antes se canalizaba en no más de media hora, requirió de pronto de un promedio de tres horas y, desde hace dos semanas, el tiempo de espera se prolongó a 12 horas dada la cantidad de venezolanos que aspiran llegar a BV.

A partir de este lunes, en las instalaciones de la Policía Federal Brasilera, en la frontera con Venezuela, funciona un sistema de ticket que emite 400 números para quienes ingresan al Brasil y 400 más para quienes necesitan sellar su salida.

El sistema comienza a funcionar a las 7:00 de la mañana. Quienes lleguen después de que se agoten los números, deben esperar hasta el día siguiente.

Rafael González, residente de Puerto Ordaz, quien viaja para comprar cauchos, llegó al cruce a las 7:00 pm; colgó una hamaca entre dos vigas cercanas, mientras que otros descansaban en colchones o en el piso; a las 3:00 am, se anotó en una lista elaborada por la misma gente y a las 7:00 am obtuvo el número 23.

Miguel Albujas, residente de Santa Elena de Uairén, llegó al lugar a las 6:30 am; a las 7:00 am cuando se inició el sistema de asignación de números tomó el 318; según sus estimaciones, esperaba salir a 2:00 pm o tal vez después.

Entre jueves y viernes, entrevistamos a ocho personas, siete manifestaron dirigirse a BV, en sus vehículos particulares, para comprar cauchos y productos de primera necesidad, como medicinas, alimentos y cosméticos para el consumo familiar. Aseguran que en BV consiguen mejores precios que en Villa Pacaraima, La Línea, primera localidad brasilera. Para ello reciben permisos de turismo de entre  tres a cinco días. Una de las ocho personas tramita una solicitud de refugio, figura migratoria que se ha popularizado recientemente entre los venezolanos en BV. 

De acuerdo con una nota publicada por Folha Web a finales de junio pasado,  con  datos del Comité Nacional para Refugiados (Conare), entre enero y mayo de 2016, 388 venezolanos pidieron abrigo en Roraima.

Los que van para volver

José Luis Peraza, residente de Puerto La Cruz, dijo que pasó 12 horas en la cola para entrar al Brasil. Al regreso, obviamente, tuvo que hacer la cola de nuevo.

En BV compró arroz, pasta y azúcar, cinco kilos de cada cosa en R$. 2,99 por unidad, Bs. 1046; vitaminas para sus niños y anticonceptivas para su esposa.

Además, aprovechó para conocer. Al regreso, se detendría en la Gran Sabana.

Rafael Moreno dijo que decidió ir a Boa Vista "para buscar la economía" porque en Caicara, población del estado Bolívar  en donde reside, un kilo de azúcar le cuesta Bs. 4000 y uno de arroz o de pasta Bs. 3500.

Él y sus amigos durmieron dentro del carro en la Gran Sabana y antes de las 6:00 salieron rumbo a las dependencias de la Federal Brasilera. A las 8:00 de la mañana, se consiguieron con una fila de al menos 200 personas.

"Hay dos funcionarios nada más y el sistema está lento".

José Briceño viajó para comprar repuestos para el carro y cauchos rin 17. Dijo que en Maturín, estado Monagas, le cuestan 280 mil cada uno y en BV, aparentemente, 150 mil al cambio.

"Llegué a las ocho de la mañana, voy a hacer esa diligencia y mañana regreso".

Rises Díaz y su acompañante iniciaron su cola el lunes a 6:00 de la mañana, salieron a las 6:50 PM. Regresaron el miércoles, cuando intentaron incorporarse a la cola les informaron que ya habían recogido los documentos de identidad.

"Nos quedamos en un hotel en Santa Elena, la ciudad venezolana más cercana, pagamos Bs. 12.000, pero hay mucha gente que se queda en los carros".

Compraron dos cauchos rin 14, con respecto a los precios de La Línea se ahorraron R$.80,  Bs.60.000.con respecto a Ciudad Bolívar.

Además compraron arroz, pasta, azúcar, mantequilla, papel higiénico y toallas sanitarias. "En La Línea no hay equidad de precios, están como en Venezuela".

"No nos entendemos y en lo poquito que nos podemos entender se siente el maltrato", dijo con respecto al retraso en el trámite migratorio.

Matías Yang llegó a las 6:00 de la mañana. Contó que los primeros de la cola llegaron a las 3:00. Él y su amigo lamentaron que anteriormente visitaban la Gran Sabana para hacer turismo e iban a La Línea para comer churrasco brasilero.

En esta oportunidad, en cambio, viajaron para comprar cauchos rin 17 que en Boa Vista, según le han dicho algunos conocidos, cuestan R$.500 y en Ciudad Bolívar Bs. 367 mil; además de arroz, pasta, jabones y aceite comestible.

Julio Gutiérres y Joelvis Jaramillo, de Puerto Ordaz  y Puerto La Cruz, llegaron a la frontera la noche del jueves, pernoctaron en la redoma cercana. Esperaban para sellar su ingreso poco después de las ocho de la mañana.

Viajaron para comprar repuestos. "Yo tengo un Mitzubishi y aquí estoy parado por una correa", dijo Jaramillo; además de productos de higiene personal, azúcar y harina de trigo y preguntar por los precios de los cauchos.

Los que se quedan
Ana Contasti  es indígena pemón, de la Gran Sabana, pero vivió durante 10 años en El Caura, otra zona del estado Bolívar. Hace seis meses, ante la crisis venezolana, el padre de sus dos hijas menores decidió solicitar refugio en Brasil.

Él, como haitiano, tiene prioridad tras el terremoto que asoló a ese país en 2010. Cuando consiguió trabajo y un lugar donde vivir, llamó a Ana y a las niñas. "Me vendría más que todo por el cambio (R$ a Bs) y porque uno puede trabajar dos turnos (...) Pero ahora me están diciendo que si uno pide refugio no puede salir". 

Según la nota de Folha, entre septiembre de 2015 a abril de 2016, la Federal deportó, desde Roraima, estado fronterizo con Venezuela, a 253 extranjeros.

Ese medio reseño que Allan Robson, superintendente interino de esa institución, en la entidad, declaró que las deportaciones de venezolanos obedecen a los reclamos de la ciudadanía y que esos migrantes ejercen, con permisos de turistas, actividades remuneradas, de mendicidad o artísticas callejeras.


viernes, 29 de julio de 2016

Cruzan la frontera con Brasil en busca de comida más barata



Esta historia fue publicada el 25 de julio pasado por El Estímulo. Para los habitantes de esta frontera, la enorme afluencia de compradores de comida al mayor trastornó la tranquilidad habitual de la frontera venezolana hacia el Brasil, además del aumento del real y del precio de los productos de primera necesidad en Villa Pacaraima. Fotografías: Morelia Morillo



Entre las 5:36 y las 5:42 minutos de la mañana del jueves 21 cuatro vehículos de transporte colectivo  circulan veloces por el tramo de la Troncal 10 que lleva de Santa Elena de Uairén hacia Villa Pacaraima.

Santa Elena es la última ciudad hacia el sureste extremo venezolano. A 15, kilómetros, Pacaraima (La Línea) es la más cercana de las localidades brasileras.

Un efectivo de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) dijo que, aunque el paso vehicular por la Aduana Ecológica se levanta a las 6:30 AM, los buses comienzan a llegar las 4:00 AM. En todo caso, los autobuses, las busetas y las camionetas tipo panel de placas venezolanas no pueden ingresar hacia Brasil, así que dejan sus pasajeros en territorio venezolano, en la alcabala vieja o en las instalaciones del Seniat y estos caminan alrededor de dos kilómetros hacia la calle Suapi.

La Suapí es la zona comercial de Pacaraima, una vía de no más de 400 metros por lado en donde los viajeros venezolanos se abastecen, desde comienzos de junio, de arroz, aceite comestible, harina de trigo, margarina, pasta, jabones. Al amanecer, esta calle, usualmente solitaria, parece tierra arrasada.

Los clientes proceden, por lo general, de Puerto Ordaz y San Félix; viajan durante toda la noche, recorriendo 800 kilómetros a través de cinco de los municipios del extensísimo estado Bolívar; atravesando incluso la majestuosa Gran Sabana.

Al despertar, si es que duermen, hacen sus compras en reales o su equivalente en bolívares. Sin embargo, aseguran que viajan porque consiguen qué comer y porque, a pesar del cambio, los precios son más accesibles. A finales de julio, el canje de un real brasilero se calcula en Bs. 350. Hace un mes, cuando se disparó la movida, el cambio llegó a Bs. 500 por cada real y muchos volvieron sin nada.

Allá no hay nada
Daniel Valdez, albañil, relató que el de este jueves fue su segundo viaje a la frontera. El primero lo hizo hace 21 días. Pidió el día de trabajo, con el compromiso de que se reincorporaría el viernes a las ocho de la mañana.

Vive en San Félix, es padre de dos hijos, viaja en un autobús de Expresos Occidente durante toda la noche. El pasaje le cuesta Bs. 8000 ida y vuelta, con los gastos de movilización desde y hacia el Terminal de Santa Elena y una comida en Las Claritas, Kilómetro 88, calcula que gasta Bs. 20 000.

"Compro para mí consumo y para mi familia porque actualmente en Guayana no hay ni agua. Aquí compré una paca de arroz (30 kilos) en 35 mil y una de harina de trigo (10 kilos) en 17 mil. Pa' el espagueti (Bs. 30 mil por 30) no me alcanzó".

"En la semana, yo gano 25 mil bolos. No me da ni para comprar allá tres espaguetis, dos harinas de maíz, una de trigo y los aliños y no puedo pedir prestado porque ya le debo a todo el mundo. Quité prestado para venir".

Jennifer Racero, enfermera y madre de cuatro hijos, alquiló con un grupo con un micro desde San Félix hasta la alcabala vieja. Cada uno pagó 21 mil bolívares.

"Vendo un poquito y un poquito para la familia (…) Eso allá está horrible, demasiado (…) El viaje es horrible de matador, no paran ni para comer, ni para tomar un baño (…) No tengo trabajo y el sueldo de una clínica no da para nada".

El renacer de Pacaraima
Desde que se aceleró la caída del bolívar, en torno a 2005, el comercio de Pacaraima, antes próspero por sus ventas de sandalias de goma, chocolates, hamacas y calabresas se vino abajo. Paradójicamente,  ante el desabastecimiento venezolano,  los locales de la Suapi experimentan ahora una inusitada bonanza.

Rogelio Aragón, propietario del Comercial Amazonia, relató que "las personas están viniendo desde más lejos porque allá no tienen y cuando tienen los precios son más caros que en La Línea (…) Yo estaba con saudade (nostalgia) de ellos, desde la época en que el bolívar era más valorizado", expresó.

El renacer del comercio del lado brasilero ha devenido en el reacomodo de algunos negocios e inclusive en la mudanza de comerciantes desde Santa Elena hacia Pacarima: de momento, todos veden comida por pacas.

Erick Apolinar tuvo que alquilar un nuevo local, para ofrecer mayor cantidad de víveres al mayor e incluso sacar mercancía a la calle para captar más clientela.

"Aquí más que todo vendíamos poquitas cosas, para los brasileros", dijo,

El Mercabox abrió un galpón aparte para atender a los compradores venezolanos; una de las ventas de hamacas y ropa artesanal, ahora ofrece harina de trigo y aceite comestible (20 litros) en Bs. 35 mil, además de jabón de panela por paquetes y lo propio hace la Casa de las Gorras; Turismo,com oferta algunas pacas de harina de trigo con levadura incorporada; la venta de repuestos para motos Brito cuenta con un inventario de cajas de aceite comestible; el Restaurante Dona Helena también tiene en su frente pacas de comida.

Nasser Barakó quien durante cerca de una década mantuvo una venta de electrodomésticos y electrónica en Santa Elena ahora ofrece arroz, harina de trigo, azúcar (30 kilos) en Bs. 38 mil, pasta y margarina (20 de 250 gr )  en Bs. 16 mil.

"Allá hay mucha crisis, no hay nada en Santa Elena", dijo.

Los venezolanos que no disponen de un capital sacan provecho de la ocasión ofreciendo el servicio de taxi (por cada bulto cobran Bs. 2000) o vendiendo sacos en Bs. 800 cada uno, como Alexander González.

Mientras que aumenta la llegada de compradores, las autoridades se esfuerzan por establecer ciertas reglas: la Policía Federal Brasilera inició una fase informativa con respecto al uso del cinturón de seguridad.

Ramón Pérez, un comerciante de origen venezolano, dijo que las cuadrillas ya comenzaron a pintar las aceras, que quienes estacionen en las áreas estrechas recibirán multas en reales, que los camiones sólo podrán descargar entre las seis de la tarde y las seis de la mañana y que la Prefectura de Pacaraima notificó, por escrito, que cada comerciante debe responsabilizarse por la limpieza de su frente.

Pérez se quejó de que, para los habitantes de Pacaraima y de Santa Elena, este nuevo panorama ocasionó el aumento de los precios de los productos y del real brasilero: "Hay mucha demanda y los comerciantes los están subiendo".




    

jueves, 9 de junio de 2016

Las migrantes sexuales del sur profundo venezolano



Por estos días, en Santa Elena de Uairén, el más distantes de los pueblos del sur minero del estado Bolívar, sobre la Troncal 10, alcanza su clímax el creciente éxodo de mujeres venidas desde el centro y centro occidente del país para prostituirse. La mayoría asegura que vende su cuerpo para garantizar el pan de sus hijos. Si bien hay quienes dicen que las más jóvenes lo hacen por vanidad, por unos zapatos de marca, por un celular bien grande, por una cirugía estética. Cobran el equivalente a 15 dólares o una grama de oro. Las más osadas, o más necesitadas se internan hacia las minas de Guyana o simplemente traspasan la frontera para cobrar en reales en Pacaraíma o Boa Vista, desde donde -con frecuencia- son deportadas. Esta investigación completa fue publicada por Efecto Cocuyo Fotografía: Morelia Morillo 



Aunque la luz se apagó a eso de las siete de la noche, docenes de mujeres continúan ofreciéndose en las calles del Casco Central de Santa Elena de Uairén. Es la noche del 26 de mayo, la restricción eléctrica está prevista hasta las diez.

Oficialmente, en  virtud de la crisis eléctrica por la que atraviesa el país, incluso los habitantes de las cuencas media y alta del Caroní, el río cuyas aguas alimenta los complejos hidroeléctricos de Ciudad Guayana, deben ahorrar energía a diario.

El cabello de una mujer de alrededor de treinta brilla en las Cuatro Esquinas, sus uñas, su camiseta, su cinturón, sus mini short, sus botines de tacón. Todo brilla.

Santa Elena es la última ciudad venezolana hacia el sureste remoto de Venezuela de cara al Brasil, la caótica capital del majestuoso municipio Gran Sabana. El infiernillo incrustado en el edén. Las Cuatro Esquinas es el cruce de calles a partir del cual se extendió la zona comercial de esta modesta urbe fundada a finales de los treinta. La Gran Sabana es la tierra del pueblo indígena pemón, un paraíso de selvas, de tepui, de saltos de agua, de infinitos morichales, de ríos ocre cristal.

Esta noche la mayoría ofrece sus servicios en el bulevar de la Bolívar, en las cercanías del Hotel Panzarelli y del Bar Santa Elena; en penumbras, dos indígenas negocian con sus clientes en el cruce de la Bolívar con Zea, contra la ciclón del vivero; en parejas, cuatro de las foráneas deambulan por la Ikabarú, frente a la sede de la Alcaldía; los bancos de concreto de la Roscio con Urdaneta permanecen desocupados. En los sitios de tradición –el Prada Granate y el Porto Bello- la noche es larga. En cada uno, cerca de veinte mujeres venden su sexo.

Santa Elena es, por lo general, el destino final de las mujeres que migran a través de Guasipati, El Callao, Tumeremo, El Dorado, Las Claritas, el Kilómetro 88.

En donde hay bulla, surgimientos repentinos y prometedores de oro y diamante se detienen a trabajar. Sólo las más arriesgadas avanzan hacia los yacimientos más recónditos, hacia Ikabarú e inclusive hacia Guyana.

Son mujeres de todas las edades, la mayoría procedentes de las ciudades del centro, centro occidente y sur urbano del país, profesionales, estudiantes, muchachas sin oficio ni profesión definidos y amas de casa, madres, abuelas.

La prostitución en el sur de Venezuela es tan antigua como la minería, pero, en la medida en que las minas devoran las selvas, sabanas y ríos y la crisis del país se transforma en un drama, aumenta también el número de mujeres ofreciendo sus cuerpos a cambio de dinero, de una grama de oro, de un diamantito.

La mayoría jura que se prostituye por necesidad, pero hay quienes aseguran que a muchas las mueve la vanidad. La diáspora se disparó a principios de 2015. Entonces, una chica cobraba alrededor de cinco mil bolívares (cinco dólares) por media hora de placer. Ahora, en mayo de 2016, el servicio básico cuesta entre diez mil y quince mil bolívares o como dicen las más jóvenes "quince barras". 


El Porto Bello es uno de los sitios más tradicionales del negocio, antes las mujeres que trabajaban como prostitutas eran sobre todo brasileras, ahora son principalmente venezolanas.



Daniela -este es su nombre desde que comenzó a prostituirse- es de Ciudad Bolívar, la capital de la entidad. Es madre de siete. Tiene 46.

Antes de llegar aquí, ya yo estaba prostituyéndome. Llegué a Porto Bello en 2012. Venía de Guyana. Sola. Siempre ando sola. En este mundo no hay amigas. Digo que somos caimanes del mismo charco. Conocí a la encargada de este negocio y ella me veía muy triste. Salí de Guyana golpeada. Cuatro militares me violaron.

Yo no fumo, yo no bebo, yo no consumo, yo no nada, solamente vendo mi cuerpo.

Soy peluquera, manicurista, técnico en Construcción Civil, programadora, mi familia trabaja con mis títulos y mira quién soy yo (…) Con esto logré mi casa.

Las mujeres adultas que trabajan en esto tienen problemas. Ahora, las jóvenes lo hacen por vanidad, por cirugías, por un teléfono grande, por zapatos. Hay unas que estudian y vienen en vacaciones (…) Pero sí, ahorita hay más necesidad que en otros tiempos.  En el Kilómetro 88 hay un negocio con cincuenta, cien mujeres.

Estoy parando más que todo es por mi nieta. Me quiero ir a Ciudad Bolívar (…) Ahora, estoy trabajando sólo con amigos. Me pagan 30, 40 mil. La plata está en el banco y con lo que me queda voy a comprar comida, pañales para llevar.

Es fuerte, uno no sabe el peligro que puede correr. Todos los días le pido perdón a Dios por todo lo que estoy haciendo, pero llega el momento en que eso pasa.

Me dio paludismo (malaria) en Guyana y me repitió en diciembre pasado (…) Casi me muero. Yo me negaba a ir al médico porque pensaba que tenía SIDA.

Al que quiere saber mi apellido yo le digo caramba ¿Quién eres tú? ¿PTJ?

En Guayana recibí diamante, oro, reais, dólares guyaneses, dólares americanos.

En este hotel pago cinco mil bolívares diarios, trabaje o no. Aquí está una muchacha que atiende seis en una noche (…)  Esa doñita atiende sus clientes.

Aquí se han visto muchachas de familia, profesionales: bomberas, ingenieras, médicas, estudiantes. Se van para las minas, donde no las conozcan.

Yo digo que la situación no tanto. Pero nos gusta vivir bien. Queremos que nuestros hijos estén bien y si los papás no nos ayudan, tenemos que hacer esto.

Antes la mayoría eran brasileras, en ese Porto Bello eran puras brasileras, por donde quiera eran brasileras. Ahora es que tiene este problema Venezuela  y ahora son venezolanas que, de paso, ya han invadido Brasil.

En octubre pasado (2015) corrió la noticia de otra chica de Santa Elena de Uairén que ingresó a las minas de Guyana para trabajar y terminó en la terapia intensiva de un hospital guyanés tras la golpiza que le propinaron varias mujeres.

Un vecino del Night Porto Bello nos comentó que el propietario del local le dijo, a finales de 2015, "tengo 20 mujeres ahí", un número superior al de otros tiempos, pero para él lo más sorprendente era que se trataba de venezolanas, algo inédito, pues en otras épocas trabajaba especialmente con brasileras.

Al parecer, las chicas de Puerto Ordaz, de Maturín e incluso de otras ciudades del centro y occidente preferían venir a Santa Elena pues aquí por 20 minutos podían cobrar –entonces- hasta 6000 bolívares mientras que en sus lugares de origen apenas Bs. 1 600. La fuente comentó que en Villa Pacaraima existe una casa que funciona como prostíbulo en donde hay venezolanas. Hacen 15 a 2 mil por noche.

A mediados de diciembre de 2015, la funcionaria de guardia en Centro de Coordinación Gran Sabana de la Policía del Estado Bolívar exclamó "yo estoy alarmada", con respecto a la cantidad de mujeres que llegan para prostituirse.

"Ellas empezaron a llegar desde el mes de febrero (2015), por los sueldos, por la escasez de comida, porque todo estaba más caro (…) Dicen que el dinero que cobraban no sustentaba la comida y no les alcanzaba ni para vestir a sus hijos".

Algunas precisaban que devengaban salarios por el orden de los Bs. 8000 mensuales y en 15 días en la frontera lograban reunir Bs. 60 000.

Al llegar, ellas deben pasar por el Hospital "Rosario Vera Zurita", para obtener su certificado de salud y luego por Coordinación Policial, mostrar sus exámenes y registrarse "por si cometen o se ven involucradas en algún hecho punible".

En el registro debe constar su nombre, cédula de identidad, edad, sexo, pues las hay transexuales, procedencia, nivel de instrucción y lugar en donde se hospedan.

La funcionaria dijo que ese organismo no ha totalizado cuántas son, pero comentó que sus edades oscilan entre los 28 y los 36 años y todas son venezolanas.

En cuanto a las profesiones, dicen ser enfermeras, ingenieras, maestras, administradoras, abogadas; proceden de Caracas, Valencia, Barquisimeto.

En esa fecha, a finales de 2015, una de las responsables de la Unidad de Enfermedades de Transmisión Sexual del Hospital "Rosario Vera Zurita" nos dijo que no se sabía cuántas eran, pero si comentó que diariamente recibían de cinco a seis "meretrices". Así es como las llaman en este centro de atención sanitario.

Los certificados son válidos por seis meses en todo el país. Sin embargo, dado el patrullaje de la PEB, ellas sacan su documento al llegar. "No las dejan trabajar sino es con el certificado de la zona, aunque es válido en cualquier parte".

Sus edades oscilan entre los 19  y los 53 años, "antier vino una de 51".

Si tienen una enfermedad de transmisión sexual no pueden trabajar, pero en el tiempo que ella lleva allí (un año) no se habrían encontrado enfermedades.

La mayoría le cuenta que llegan para trabajar en Porto Bello y algunas de forma independiente, alquilan una habitación en un hotel y ubican a sus clientes en la calle, por medio de tarjetas de presentación o en bares y discotecas.

Sólo algunas se aventuran hasta Ikabarú.

"Donde haya bulla minera, ellas van. Ellas vienen bajando desde Guasipati, El Callao, Tumeremo, Las Claritas y donde puedan trabajar, trabajan".

Son de Maracaibo, Maracay, Valencia, Miranda, Táchira. Alguna vez, atendió a una dominicana, a una brasilera y a una cubana, pero a ninguna indígena, "son criollas todas y no son de la zona, vienen de afuera (…) Ellas duran tres meses aquí y después se van. Pero ha habido un crecimiento bastante grande de la actividad (…) Por noche cada una recibe de cinco a seis clientes. Las que entran a las zonas mineras cobran en gramas de oro".

Mercedes Castro, segunda capitana de la comunidad de Kawi, visitó la mina de San Miguel de Caracol en 2015. Entonces, relató que de carpa en carpa y de barraca en barraca vagaba una chica a quienes los mineros, indígenas y criollos, llamaban "una grama" porque ofrecía su cuerpo a cambio de un gramo de oro.

La muchacha, una indígena pemón, aparentemente estaba infectada con el Virus de Inmuno Deficiencia Humana (VIH); lo habría contraído en su paso en la mina conocida como Apanao, en el municipio Sifontes.

Zaida Almeida, vice presidenta del Concejo Municipal de Gran Sabana y maestra de Ikabarú durante décadas, dijo que en esa parroquia "siempre las hubo, pero no como ahora (…) De 13, de 14, de 15 años".

Relató que, recientemente, el sargento de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) que está asignado al sitio pidió a las menores de edad los números de teléfono de sus madres. "Eso y que chillaban y las llamó para que las buscaran". Las madres se sorprendieron al saber en dónde y en qué andaban sus muchachas.

Los concejales, dijo Almeida, han tratado el tema "pero cuando se cierra una puerta se abren 1000". En Ikabarú, segunda parroquia del municipio Gran Sabana, se calcula, según Almeida, que 80% de la población se dedica a la minería.

El día tres de noviembre de 2015 se produjo el cierre del Hotel Panzarelli ubicado en la calle Bolívar de Santa Elena de Uairén.

La oficial de guardia de la PEB contó que la clausura se produjo porque el establecimiento funciona como casa de citas cuando su patente sólo lo cataloga como hospedaje sin ninguna otra función.

Las mujeres que ahí se albergaban en ese momento cobraban Bs. 5000 por cada servicio. Al dueño del hotel le pagaban por residencia y adicionalmente por el uso de la habitación que alquilaban al momento de recibir un cliente.

La encargada de una tienda cercana contó que 15 días antes se fue un grupo de mujeres e inmediatamente llegó un nuevo grupo de muchachas.

Al ser desalojadas, las mujeres, rodeadas de maletas de rueditas, almohadas y cojines de muñequitos infantiles, se sentaron en los banquitos del bulevar de la calle Bolívar, justo frente al Bar Santa Elena. Estaban esperando que las buscaran porque ya tenían un lugar a donde ir para continuar trabajando.

Una de ellas dijo que las habían desalojado porque, al parecer, en el grupo había una mujer que había faltado a su régimen de presentación.
Verónica Prada, recepcionista de un hotel, relató que la mayoría dice que  "la situación allá afuera está caótica y aquí pueden trabajar y llevar alimentos". En la zona la escasez es mínima y la especulación máxima.

Ellas nos reveló que, aunque no admiten menores de edad,  50% de las tocan a su puerta son chicas entre 17 a 20 años, ejerciendo su primer oficio, Sus clientes habituales son los mineros y hombres indígenas sean mineros o agricultores de los que vienen a Santa Elena para vender en el Mercado Municipal los viernes.

Para ella la diferencia entre estas mujeres y las que llegaban al hotel hace ocho años, cuando ella comenzó en el empleo, radica básicamente en el uso de drogas: cocaína, marihuana y en las secuelas de ese consumo.

Valdirene Santos publicó un post a finales de año el blog de la Fundación Mujeres del Agua. En su nota relataba: "El día cuatro de diciembre, en la población de El Paují, estaba yo sentada en mi bodega, cuando vi una camioneta pickup llegar, estaba llena de mujeres jóvenes y no tan jóvenes, ellas se bajaron a comprar útiles personales, se veía que eran prostitutas, lo cual nos confirmó el chofer diciéndonos que las llevaba a trabajar para las minas de Perro Loco", una de las zonas auríferas de tradición de la Parroquia Ikabarú.

Lisbeth Castro, taxista, nos dijo que vienen espontáneamente por los reales, la minería y muchas, las más jóvenes, para operarse los senos o los glúteos o para pagar la intervención o el tratamiento de un familiar con un enfermedad grave.

"Son muy lindas, son muchachas jóvenes que en sus lugares de origen pasan desapercibidas y que aquí se maquillan mucho. En otro momento, aquí había otro tipo de prostitución, las llamadas mujeres de la mala vida, pero hoy en día son jóvenes, muy jóvenes, que pasan por ser iguales a otras muchachas".

ITewarhi Scott, taxista, nos contó que en noviembre a octubre pasado lo detuvieron en la calle un grupo de cuatro jóvenes brasileros.

Inicialmente, le pidieron que los llevara a su posada en la Urbanización Akurimá, pues al día siguiente subirían al Monte Roraima. Pero, cuando iban por la Avenida Perimetral, le dieron 20 reales y exigieron que los dejara en el Night Club Porto Bello "para ir más livianos de carga, aquí es muy barato". A la fecha el real brasilero se cambia en 280 bolívares.


 
En el Skondidinho, Villa Pacaraima, captan sus clientes varias chicas venezolanas.

Un visitante habitual del Skondidinho, un bar de la localidad de Pacaraima, nos contó que allí captan a sus clientes alrededor de 10 mujeres más seis en otro local cercano. Entre ellas las hay brasileras y cada vez más venezolanas.

Es un tema muy comentado por las personas de Pacaraíma y Boa Vista, en donde nunca antes se vieron tantas mujeres venezolanas ofreciendo sus servicios sexuales. Las diferencian por el idioma claro y porque son muy arregladas y limpias. La mayoría tiene de 20 a 25 años y en promedio cobran 70 reales.

En la Casa de la Mujer Migrante de Villa Pacaraima reanudaron sus actividades recientemente. Las funcionarias comentaron que no han tratado el tema formalmente, pero tienen conocimiento de que "son bastantes" las mujeres venezolanas que están trabajando como prostitutas tanto en Pacaraima como en Iramutá, confluencia de Venezuela, Brasil y Guyana.

Entre el personal del centro existe el temor de que, por su condición de ilegales, estas mujeres sean abusadas tanto por quienes las contratan como por sus proxenetas y que además estén trabajando sin el debido seguimiento sanitario.

Según el portal G1, en julio de 2015 la Policía Federal detuvo a 16 venezolanas que se encontraban ejerciendo como prostitutas en un sitio ubicado en el barrio Caimbé, en la zona oeste de Boa Vista a 230 kilómetros de la frontera.

La comisaria Denisse Días explicó que, de acuerdo con las leyes de migración, fueron exhortadas a dejar el país en ocho día o de lo contrario serían deportadas.

Según la reseña, ante la crisis venezolana, estas mujeres son captadas en la frontera por brasileros, dueños de burdeles. Por cada servicio, cobran alrededor de 30 dólares. Un quinto de ese monto queda en manos del comerciante.

En las comunidades indígenas pemón, en donde se dedican a la minería, también hay prostitución. Liza Henrito, funcionaria de Salud Indígena, comentó que las autoridades comunales tratan de controlar la situación imponiendo normas.

Si la mujer es casada se le expulsa de la comunidad, al igual que al hombre que paga por sus servicios. Las solteras practican la prostitución tratando de que nadie se percate y, por eso, bajo amenaza, sus clientes se van sin pagar.


En Kaurapí la capitanía quemó varios burdeles, luego de sacar de ellos a 26 prostitutas entre extranjeras y venezolanas. "Están haciendo una limpieza", dijo.


Al retornar la luz, las dos indígenas de la Zea con Bolívar ya no están. Seguramente acordaron con sus clientes, mientras la rubia de las Cuatro Esquinas continúa escuchando piropos y ofertas.

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